Recién estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por acordarme de mi primer día de clases... me creerá querido lector o querida lectora, ¡que no me acuerdo! pero sí tengo recuerdos muy bonitos de mi estancia en el kinder y el jardín... cuando lo único que tenía ue hacer era pintar y jugar a la sillita musical, ¡que tiempos aquellos!; me acuerdo de la mafia que teníamos con mi many en el jardín,y de una vez, y olvidando nuestros modales de correctas señoritas, nos agarramos a mocha (como dicen por ahí) con cierta niñita matona que empujó a mi many... quedó para la historia aquella chicuela. Ahora que me acuerdo, esa no fue la unica vez que nos tubimos que defender con puños y dientes, teníamos un vecino al cual teníamos que darle su merecido de vez en cuando para mantener la soberanía de nuestra mafia. Esa época se acabó, cuando entramos al colegio. Una etapa que se cerraba, una nueva y estimulante que estaba por comenzar.
Ahora estoy en las mismas, dejo esta etapa tranquila y reposada del colegio, donde todo estaba ahí al alcance de mi mano, y las responsabilidades no eran de vida o muerte... para entrar al mundo salvaje. Es una selva ahí afuera, es cosa de ver las noticias, uno nunca sabe si el vecino es un sicópata asesino en serie; y cuando se entra en la universidad, nadie le asegura a una que la gente con la que se va a topar por los pasillos es de fiar; como la fábula de aquél lobo disfrazado de oveja...
Pero dejando de lado los miedos ridículos, lo que mas se va a hechar de menos son las amistades. Unas que vuelan a Santiago, otras que no se sabe qué va a ser de su vida, otras que se uedan, pero nadie le asegura a una que van a seguir estando ahí con su amistad. Ese es un miedo real, y nada ridículo. Ya no voy a llegar todas las mañanas para tener una amena conversación sobre lo que sea con los amigos de siempre, y quién sabe si alguna vez voy a tener otra conversación con uno de ellos. Las cosas son así, a veces los caminos separan mucho a las personas... y otras las juntan más que antes, caben ambas posibilidades. Que sea lo que Dios quiera, digo yo, pero de todas formas no hay que dejarse; la vida no es una tragedia, y se le puede doblar la mano al destino.
Ahora esoty bailando mi último vals de la tertulia, una de tantas que tiene que terminar algún día: ninguna fiesta dura para siempre... gozando cada nota, cada compás que no se repetirá. Habrá otros bailes en mi vida, como ha habido otros anteriormente... pero ninguno como éste.
Tarde o temprano, todo se acaba, así es la cosa; pero el fin de una etapa significa el comienzo de otra: que esa etapa sea mejor que la anterior... nadie lo asegura, pero se hace lo que sepuede.